Mostrando entradas con la etiqueta Franklin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franklin. Mostrar todas las entradas

Contra la Guerra, Franklin


Extracto de una carta escrita a Sir Joseph Banks en julio de 1783.

En mi sentir no ha habido nunca ni buena guerra ni mala paz. ¡De cuántos adelantos, y de qué masa tan inmensa de beneficios en favor de los placeres y comodidades de la vida no estaría enriquecida la especie humana, si las sumas empleadas en guerras se hubiesen destinado a obras de utilidad pública! ¡Qué extensión hubiera recibido la agricultura aun en las mismas cimas de las montañas y en los más hondos precipicios! ¡Qué multitud de puentes, de acueductos, de canales y de medios de comunicación! ¡Cuántas obras públicas, edificios y mejoras que habrían transformado la Inglaterra en un verdadero paraíso terrenal!

He aquí los beneficios que habrían alcanzado si se hubiesen destinado a hacer el bien tantos millones consumidos para hacer el mal, para sumergir en la miseria a tantos millares de familias, y para quitar la vida a tantos millares de seres laboriosos, cuya industria podía ser utilísima.g

La Humanidad de los hombres, Franklin


Extracto de una carta enviada en junio de 1782 al doctor Priestley.

Habiéndose propuesto un ángel viajar para cumplir cierta misión en esta tierra que no conocía, le dieron por guía un viejo genio. Viajaban por los aires y atravesaban los mares de la Martinica precisamente en el mismo día en que se empeñó el sangriento y reñido combate entre las escuadras de Rodney y de Grasse. Cuando al través de las nubes de humo vio el fuego de los cañones, los puentes cubiertos de miembros mutilados, de cuerpos muertos o espirantes, los navíos zozobrando desmantelados, ardiendo o volando con grande explosión, y en medio de esta escena inhumana y devastadora, e! resto escaso de las tripulaciones degollándose con el más encarnizado furor:

- ¡Insensato, atolondrado -dijo el ángel á su guía con inquieta desaprobación- no sabes lo que haces: tienes encargo de acompañarme á la tierra, y tú me conduces á los infiernos!

- No, respondió el guía, no me he extraviado, el país que divisas es la tierra, y los seres que se destruyen tan despiadadamente son los hombres. Los diablos nunca se tratan unos a otros de una manera tan bárbara; tienen más juicio, tienen más de eso que los hombres llaman orgullosamente humanidad.

El dilema del salvaje, Franklin


Extracto de una carta escrita a B. Vaughan en marzo de 1785.

Si se hubiese dicho a un salvaje antes que entrase en el estado social:

- Tu vecino podrá por sus riquezas llegar a ser propietario de un centenar de gamos, pero si tu hermano, tu hijo, o tú mismo, no teniendo ninguno y hallándoos acosados por el hambre, os atrevieseis a matar uno, el resultado de este acto será una muerte ignominiosa...

Es muy probable que el salvaje hubiera preferido su libertad natural y el derecho común de malar gamos a todas las ventajas que pudiera ofrecerle la sociedad.

Reflexión sobre la Pena de Muerte, Franklin


Extracto de una carta escrita al señor B. Vaughan en marzo de 1785.

Si realmente creemos, como hacemos profesión de creerlo, que la ley de Moisés es la ley de Dios, dictada por una sabiduría divina, infinitamente superior a la humana, ¿en qué principios nos fundamos para imponer la pena de muerte por un delito que, según dicha ley, no debe ser castigado sino por una restitución cuádrupla? ¿No es un asesinato condenar a muerte un hombre por una ofensa que no la merece? [...]

¿ Debe acaso castigarse un delito contra la sociedad por medio de un crimen contra la naturaleza? La propiedad de lo superfluo es una creación de la sociedad. Leyes simples y suaves bastarían para garantizar la propiedad de lo estricto necesario. El salvaje, sin leyes y por solo el temor de la venganza y de las represalias, goza en paz de su arco, de su hacha y de su vestido de pieles. Cuando en virtud de las primeras leyes una parte de la sociedad acumuló riquezas y un gran poder, esta desigualdad exigió otras más severas, y la propiedad fue protegida a expensas de la humanidad. Esto fue un abuso del poder y un principio de tiranía.

Los ojos que nos arruinan, Franklin


Extracto del Libro del Hombre de Bien.

Casi todas las partes de nuestro cuerpo exigen algún gasto. Se necesitan zapatos para los pies, medias para las piernas, vestido para el resto del cuerpo, y un alimento abundante para el estómago; nuestros ojos, aunque sobre manera útiles, no piden, cuando más, sino el socorro poco costoso de un par de anteojos, compra que no arruinará mucho nuestra fortuna; pero los ojos de los otros son los que nos arruinan. Si todo el mundo fuese ciego, menos yo, no tendría necesidad ni de suntuosos vestidos, ni de hermosas casas, ni de lindos muebles.

Reflexiones sobre el lujo, Franklin


Extracto del Libro del Hombre de Bien.

En nuestras ciudades mercantiles, situadas en las costas del mar, se presentan frecuentes ocasiones de hacer fortuna. Algunos de los que se enriquecen son prudentes, viven con economía y conservan para sus hijos lo que han ganado. Pero otros vanos, deseosos de ostentar sus riquezas, cometen extravagancias, y se arruinan. [...]

Un hombre orgulloso y sin juicio fabrica una hermosa casa, la amuebla con magnificencia, gasta pródigamente en ella y se arruina en pocos años; pero los albañiles, los carpinteros, los cerrajeros y otros artesanos honrados ganaron con que mantener sus familias; el arquitecto percibió el fruto de su combinación y trabajo, y su industria ha sido fomentada; en fin la fortuna de un manirroto ha pasado a mejores manos.

Un millón de seres para hacer un caballero, Franklin


Extracto de la carta escrita a su hija en enero de 1784.

Un hijo pertenece sólo por mitad a la familia de su padre, y por otra mitad a la de su madre. Si este hijo se enlaza con otra familia, el nieto ya no conserva más que una cuarta parte [...] Por esta progresión, en nueve generaciones, que no abrazan más que un espacio de trescientos años, que ciertamente no es mucha antigüedad para una familia, no existirá de la nobleza actual de nuestro caballero de Cincinato, en la persona del que llevase insignia, más que una 512ª parte. [...]

Remontémonos ahora, en nuestros cálculos, de este noble joven, que no es más que 1/542 de caballero actual, atravesando las nueve generaciones, hasta el año de la institución. Ha habido un padre y una madre, que hacen 2; éstos tenían un padre y una madre, que hacen 4; la generación precedente era en número de 8; la anterior 16, y continuando así, sacamos 32, 64, 428, 256; y llegamos por fin a la nona generación, a la generación presente en la cual existen 512 individuos, que todos contribuyen ahora con su contingente a la
creación de ese futuro caballero de Cincinato. La adición de los números [...] da 1,022.

¡Mil veinte y dos hombres y mujeres para hacer un caballero! Ahora, si después de nueve generaciones hemos de tener mil de estos caballeros, el número de padres y madres que hasta este tiempo hayan contribuido para producirlo será de 1.022,000, a menos que, entre los concurrentes, muchos se hayan aplicado a la formación de más de un caballero. Suprimamos el pico de los 22,000; examinemos después si, admitiendo una proporción razonable de pícaros, de tontos, de pillos y de prostitutas, necesariamente mezclados en este millón de antepasados, la posteridad tendrá gran motivo de gloriarse de la noble sangre de los caballeros de Cincinato que existirán entonces.

La Orden de Cincinato y la Nobleza Hereditaria, Franklin


Extracto de una carta escrita a su hija en enero de 1784.

Querida hija:

Tu atención de mandarme las gacetas produce en mí el mayor placer. He recibido por el capitán Barney las que hablan de la orden de Cincinato. Mi parecer sobre esta institución no puede ser de grande importancia; lo que únicamente me sorprende es que cuando la sabiduría reunida de nuestra nación ha manifestado en los artículos de la confederación su oposición contra el establecimiento de una nobleza, se hallen personas que con la autorización del congreso, o la de uno de los Estados, piensen en distinguirse, ellas y su posteridad, del resto de sus conciudadanos. [...]

En la China, nación la más sabia de todas por su larga experiencia, el honor no baja sino que sube. Si un hombre en recompensa de su valor es elevado por el emperador al rango de mandarín, sus padres tienen derecho, por esto solo, a todos los honores y consideraciones de respeto debidas al mismo mandarín, porque se supone que a la buena educación, a la instrucción y a los buenos ejemplos que ha recibido de ellos, debe la dichosa oportunidad de poder servirá su país. [...]

Pero el honor descendente, transmitido a una posteridad que nada ha hecho para merecerlo, es no tan sólo injusto y absurdo, sino muchas veces nocivo a la misma posteridad, porque le inspira el orgullo y desdén de las artes útiles, y las encamina a la pobreza, a la miseria, a la esclavitud y a la degradación, que son su consecuencia.

El Libro de Job, Franklin


Extracto del Libro del Hombre de Bien.

Los teólogos llaman al libro de Job poema sagrado, y pasa por haber sido escrito, como las santas escrituras, con el objeto de instruirnos. ¿Cuál es pues la instrucción que puede sacarse de esta relación alegórica?

De no confiar en una sola persona por lo que toca a la responsabilidad del gobierno de nuestros Estados. Porque, si el mismo Dios, obrando como monarca, da por algún tiempo acceso a la calumnia, y permite la ruina del mejor de sus vasallos, ¿qué perjuicios no debemos temer del poder absoluto, puesto en manos de un simple mortal, aun cuando sea el más completo de todos ellos? ¿qué males no se deben esperar, cuando cortesanos artificiosos, interesados y pérfidos, le ocultan la verdad con mañosa astucia, y le presentan en su lugar la máscara seductora de la falsedad disfrazada con el interés público?

Recomendación a un desconocido, Franklin


Extracto del Libro del Hombre de Bien.

El dador de la presente, que sale para América, me insta para que le dé una carta de recomendación, a pesar de que no conozco su persona, ni siquiera sé su nombre. Esto os parecerá quizás extraordinario, pero os juro que aquí no es cosa rara. Con efecto, a veces un hombre a quien no conocéis acompaña a otro, a quién conocéis menos, con el objeto de recomendarlo; y a veces se recomiendan el uno al otro.

En cuanto al personaje dador, a él mismo podéis dirigiros, si deseáis saber sus méritos y sus talentos; él los sabe de fijo mucho mejor que yo. Dadle no obstante aquella buena acogida a que tiene derecho todo extranjero de quien no se sabe cosa alguna mala; y os ruego le prestéis todos los buenos oficios, y le dispenséis toda la benevolencia de que le creáis digno cuando le habréis conocido mejor.

Soy vuestro apasionado,

El porrazo en la cabeza, Franklin


Extracto de una carta escrita en Passy en mayo de 1784 al doctor Máther, de Boston.

La última vez que vi al padre de usted, fue en Boston a principios de 1724, después de mi primer viaje a Pensilvania. Recibiome en su biblioteca, y cuando me despedí de él, me enseñó un camino más corto para salir de la casa, por un pasadizo más estrecho, en el cual había atravesada una viga a la altura de la cabeza.

Cuando me retiraba, continuábamos hablando, él me seguía, y yo iba medio vuelto para escucharle, cuando de repente me gritó: ¡Bájese usted! ¡bájese usted! No comprendí lo que quería decirme hasta que me di un fuerte porrazo en la cabeza contra la viga. Como el padre de usted era hombre que no dejaba pasar ninguna oportunidad de dar lecciones útiles, me dijo en la presente: Usted es joven y va a entrar en el mundo; bájese usted para atravesarle, y se evitará más de un porrazo.

Este consejo, impreso de aquella suerte en mi cabeza, me ha sido muchas veces útil, y me acuerdo de él con frecuencia cuando veo el orgullo humillado, y las desgracias a que están expuestos continuamente los que llevan la cabeza demasiado erguida.

Dios Todopoderoso es el Artesano Más Hábil, Franklin


Extracto del Libro del Hombre de Bien.

El nacimiento [...] tiene sin duda en Europa su valor; pero es un género que en parte alguna puede ofrecer peor mercado que en el de los Estados Unidos, donde jamás se pregunta de un extranjero ¿quién es? sino ¿qué sabe hacer? Es bien recibido, si posee alguna profesión útil; si la ejerce y se conduce bien, será respetado por cuantos le conozcan; pero el que no sea otra cosa que un hidalgo, y que por esta sola razón quiera vivir a costa del público a favor de empleos o pensiones, se equivoca, pierde su tiempo, su reputación, y será despreciado. El labrador y aun el artesano son allí respetados, porque sus ocupaciones son útiles.

El pueblo tiene por costumbre decir que Dios Todopoderoso es el artesano más hábil que hay en el universo; le respeta y le admira más por la variedad e industriosa utilidad de sus obras que por la antigüedad de su familia.

Sobre los Salvajes de la América del Norte, Franklin


Extracto incluido en El Libro del Hombre de Bien.

Entre ellos todo está regulado por el juicio y dictamen de los sabios; en esto consiste todo su gobierno; no usan ni de la fuerza coactiva, ni de prisiones, ni de hombres encargados de imponer castigos o precisar a los demás a obedecer. De aquí resulta que se ejercitan en el estilo oratorio, porque entre ellos el mejor orador tiene más influencia. [...]

Teniendo pocas necesidades ficticias, les sobra mucho tiempo para instruirse por medio de las conversaciones. Nuestra manera de vivir, laboriosa y siempre ocupada, es considerada por los indios como baja y servil; y los conocimientos que tanto nos envanecen, los tienen ellos por frívolos é inútiles. [...]

Como los indios tienen frecuentes ocasiones de celebrar consejos públicos, se han acostumbrado a observar en ellos el mayor orden y decencia. [...] El que quiere hablar se levanta, y todos los demás guardan profundo silencio. [...] Jamás un indio interrumpirá a otro, aun en la conversación ordinaria, porque esto es mirado como el mayor de todos los insultos. 

Álgebra Moral, Franklin


Extracto incluido en El Libro del Hombre de Bien de una carta al doctor Priestley, escrita en Londres el 19 de septiembre de 1772.

Cuando se nos presentan circunstancias en que sobre asuntos de importancia debemos tomar una determinación que nos agobia, la dificultad procede principalmente de que en nuestro examen todas las razones en pro y en contra no se nos ocurren a la vez a la imaginación, y que se nos presentan de manera que alternativamente ha desaparecido la primera cuando llega la última. De aquí proceden las diferentes disposiciones o resoluciones que alternativamente preferimos y la incertidumbre que nos atormenta.

Para fijarla, mi método es dividir en dos columnas una hoja de papel, poniendo al principio de la una la palabra pro, y la voz contra al principio de la otra. Empleando después tres o cuatro días en el examen de este objeto, coloco debajo de cada uno de ambos títulos algunas breves indicaciones de los diferentes motivos que a cada instante se me presentan en pro o en contra de la medida que se ha de adoptar. Cuando en una hoja de papel he reunido de este modo todos los motivos contradictorios, trato de balancear su valor respectivo, y si hallo dos de ellos (una de cada lado) que me parezcan iguales, los borro entrambos. Si
encuentro una razón en pro igual a dos razones en contra, borro las tres. Si dos razones en contra, las juzgo iguales a tres razones en pro, borro las cinco; y por este proceder hallo al fin el lado que hace caer la balanza; y si dando todavía un par de días más a la reflexión, no se presenta de lado alguno ninguna observación importante, fijo mi determinación.

Es cierto que estas razones no pueden valuarse con la precisión de las cantidades algebraicas, mas sin embargo cuando se examina cada una de ellas separada y comparativamente, y el todo está allí presente a mis ojos, me parece que puedo juzgar mejor, que estoy menos expuesto a hacer una cosa inconsiderada. Muchas veces me han resultado grandes ventajas de esta especie de ecuación, que se podría llamar álgebra moral o álgebra de circunspección.

El Deseo del Anciano, Franklin


Extracto de una carta escrita en Passy, en mayo de 1785, a Jorge Wheatley.

Yo prefiero los sentimientos con que concluye la antigua canción titulada el Deseo del anciano, cuando después de haber hecho los más fervientes votos para tener en una ciudad de provincia, una casa bien caliente, un caballo manso, algunos buenos libros, una sociedad de personas instruidas y alegres, un púding todos los domingos, acompañado de buena cerveza y de una botella de vino de Borgoña, todo en estancias separadas acaba con el siguiente estribillo:

`¡Ojalá pueda yo reinar sobre mis pasiones como dueño absoluto, ser más cuerdo y mejor, y marchar tranquilamente hacia mi fin, sin los achaques de la gota y de la piedra!´

Añade:

`¡Ojalá pueda yo ver llegar mi última hora con un valor inflexible! ¡Ojalá los hombres honrados puedan decir de mí cuando ya no exista: Ha muerto; en ayunas por la mañana, y achispado por la tarde, no ha dejado en el mundo nadie que se le iguale, porque reinaba sobre sus pasiones como dueño absoluto de ellas, etc!´

¿Pero de qué sirven nuestros deseos? Las cosas no se desvían de su marcha, y todo sucede como debía suceder. Mil veces en mi juventud he cantado la Canción de los deseos, y ahora, a mis ochenta años, experimento los tres males, pues estoy atacado de la gota, padezco de la piedra, y aun no soy dueño de todas mis pasiones.

Tengo Confianza en Dios, Franklin


Extracto de una carta escrita en Passy, en mayo de 1785, a Jorge Wheatley.

Tengo confianza en Dios. Cuando observo que en sus obras hay tanta economía como sabiduría; que la economía de trabajo y de materia está demostrada en los admirables y diversos modos de propagación con que ha dispuesto que el mundo se volviese a poblar de plantas y de animales, sin necesidad de ocuparse de nuevas creaciones; demostrada además por la natural reducción de las substancias compuestas a sus primitivos elementos, susceptibles de reaparecer bajo nuevas combinaciones, y precaviendo de este modo la necesidad de crear nueva materia, puesto que la tierra, el agua, el aire y quizá el fuego, combinados entre sí, forman madera, y cuando ésta está disuelta, vuelven a ser, como antes, aire, tierra, fuego y agua; cuando observo toda esta metamorfosis, digo que si nada ha sido destruido, y que si no se ha perdido tan siquiera una gota de agua, yo no puedo temer el anonadamiento de las almas, ni tampoco creer que Dios permita la pérdida diaria de millones de inteligencias existentes, para tener que ocuparse de continuo en crear otras.

Así pues, como yo existo en este mundo, creo que, sea bajo una forma, sea bajo otra, siempre existiré en él; y que á pesar de todos los inconvenientes a que se halla expuesta la vida humana, nada tengo que objetar a que se haga de la mía una nueva edición, esperando sin embargo que en ella se corregirán las erratas de la primera.

Sobre la Muerte y la Vida Futura, Franklin



Carta escrita de Filadelfia el 3 de febrero de 1756, con motivo de la muerte de su hermano John Franklin, y dirigida a miss Hubbard, nuera del difunto.

Acompaño a usted en su dolor: hemos perdido un pariente muy estimable, un amigo muy querido. Pero la voluntad de Dios es que estos cuerpos mortales sean abandonados cuando el alma va a entrar en la verdadera vida. Nuestra condición en la tierra es como el estado de feto, como una preparación para vivir; y el nacimiento del hombre no es completo hasta el momento de la muerte.

¿A qué, pues, llorar porque ha nacido un ser más entre los inmortales, y ha sido admitido en su bienaventurada sociedad un nuevo miembro? Somos espíritus. El prestársenos cuerpos mientras pueden procurarnos placeres, ayudarnos a desenvolver nuestra inteligencia, o hacer bien a los compañeros de nuestro viaje en la tierra, es un acto de la bondad y de la complacencia de Dios. Cuando los cuerpos se hacen inútiles para facilitarnos estos servicios, cuando en vez del placer, no nos causan más que pena; cuando en lugar de servirnos de auxilio, son una carga y no llenan el objeto para que nos los dieron, también es la benevolencia y la bondad divina la que ha provisto el medio de desembarazarnos de ellos. Este medio es la muerte. Nosotros mismos, en ciertos casos, empleamos nuestra prudencia en escoger una muerte parcial. Si un miembro estropeado é incurable causa dolores agudos, lo cortan; si un diente duele, se arranca para quitar el mal con él. En cuanto al que está enteramente separado de su cuerpo, se halla libre a un tiempo de todo dolor, y hasta de la posibilidad de padecer.

Nuestro amigo y nosotros estamos convidados, fuera de aquí, a una partida de placer que debe ser eterna. Su silla de posta estuvo pronta antes que la nuestra y nos tomó la delantera. No habríamos podido viajar juntos con comodidad, ¿y por esto usted y yo hemos de afligirnos de su marcha, cuando tan pronto debemos seguirle, y cuando sabemos donde le hemos de hallar?

Adiós.

Carta al Autor de una Obra Contra la Providencia, Franklin


He leído con alguna atención el manuscrito de usted. Con los argumentos que contiene contra una providencia particular, aun cuando reconoce una providencia general, zapa usted los fundamentos de toda religión. En efecto, no creyendo en una providencia que conozca, proteja, guíe y pueda favorecer a los individuos, ya no existe motivo para una divinidad, para temer su descontento, o implorar su protección.

[...] No logrará jamás llegar a mudar sobre este asunto la opinión del género humano [...] El que escupe al cielo se escupe a la cara. Pero aun suponiendo que el libro tenga los resultados que se promete, ¿qué bien cree usted haber hecho?

Para usted será fácil vivir virtuosamente sin necesidad de los auxilios de la religión, porque se halla usted íntimamente convencido de las ventajas de la virtud, y de los perniciosos resultados del vicio, y posee usted además una fuerza de resolución que le pone en estado de resistir a las tentaciones de la generalidad de los hombres. Sea en buena hora. Pero hágase usted cargo de que una crecida porción de la especie humana se compone de hombres y mujeres ignorantes y débiles, de jóvenes de ambos sexos inconsiderados y sin experiencia, y que todos tienen necesidad de los socorros de la religión para fortalecerse contra el vicio, para corroborarse en la virtud y mantenerse en su
práctica hasta que se convierta en una costumbre, que es el punto principal para que sea durable. Tal vez usted mismo es deudor a su educación religiosa de esa virtud de que justamente se vanagloria.

La Puerta del Paraíso, Franklin



Un oficial, hombre de bien, llamado Montresor estaba enfermo. Creyendo su cura que aquello era la última enfermedad, le aconsejó se reconciliase con el cielo, para poder entrar en el paraíso. Eso no me desazona mucho, le dijo Montresor, pues la noche pasada he tenido una visión que me ha tranquilizado completamente.

¿Y qué visión ha tenido usted? le preguntó el buen sacerdote.

Me hallaba, le respondió el enfermo, a la puerta del paraíso con una muchedumbre de gentes que querían entrar en él: san Pedro preguntaba a cada uno de qué religión era. El uno respondió: Yo soy católicovromano; ¡muy bien! dijo san Pedro, entrad y colocaos allí entre los católicos. Otro dijo que era de la iglesia anglicana; ¡enhorabuena! le contestó el santo; entrad y poneos allá con los anglicanos. Otro dijo que era cuáquero: entrad, dijo san Pedro, y situaos entre los cuáqueros. En fin, llegó mi vez y me preguntó, como a los otros, de qué religión era. ¡Ay de mí! le respondí; desgraciadamente el pobre Jaime Montresor no tiene ninguna. Lástima es, dijo el buen santo, porque en verdad no sé dónde os he de meter; pero entrad, entrad, y colocaos donde pudiereis.

Sobre la Misericordia de Dios, Franklin



Extracto de una carta a miss Partridge de 1788.

Me noticia usted que nuestro amigo Benjamín Kent nos ha dejado. Confío que habrá sido para ir a residir en la región de los bienaventurados, o al menos en algún lugar donde las almas están preparadas para aquella mansión.

Fundo mi esperanza en que, sin ser él tan ortodoxo como usted y yo, era hombre de bien y tenía virtudes. Si tuvo alguna hipocresía, era en sentido inverso de la de tantos otros; era la hipocresía de un hombre que no es tan malo como parece. Y en cuanto a la felicidad de la otra vida, no puedo menos de creer que toda esa multitud de fervorosos ortodoxos de distintas sectas que en el día del juicio acudirán de todas partes para ver los unos condenar a los otros, se hallarán chasqueados y obligados a contentarse con su propia salvación.