Extracto del Discurso de Recepción leído en la Real Academia de la Historia el 24 de abril de 1853.
No sólo los documentos escritos han sido objeto de las investigaciones científicas de este ilustre Cuerpo y el fundamento de sus trabajos. No; con igual afán y no menor acierto, me complazco en decirlo, se ha desvelado por investigar, por estudiar, por adquirir otros aún más importantes, aún más auténticos, aún más elocuentes que los escritos.
Los que lo están con caracteres de piedra y de metal en los antiguos monumentos injuriados por los siglos, en las murallas derruidas y castillos desmantelados, que pregonan una lucha encarnizada de ocho siglos entre dos razas, entre dos religiones distintas; en las basílicas, testimonio de la piedad de nuestros héroes; en los quebrantados sepulcros, en las rotas lápidas, en las casi borradas inscripciones y en los incompletos utensilios de hierro, y en las armas enmohecidas, y en las medallas y en las corroídas monedas que se encuentran sepultadas en la tierra y sobre las que en vano se estampó la huella asoladora de los siglos.
Documentos todos de altísima importancia, porque son irrefragables y aseguran la existencia y la autenticidad de grandes nombres, de grandes hechos; porque atestiguan de un modo positivo el estado de las creencias, de la civilización, de las artes en el tiempo en que se construyeron; y porque sus fechas y las épocas que por su forma, por su esencia, por su uso, por su carácter particular designan de una manera positiva e incontestable, dan seguros datos a la cronología, sin la que nada vale, nada dice, nada enseña la Historia.

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