Extracto del Libro autobiográfico Jesuitas y Masones, publicado en Buenos Aires en 1963 y dedicado Ad Majorem Dei Gloriam, A la Gloria del Gran Arquitecto Del Universo, que relata las experiencias en ambas Ordenes del Dr Töhötöm Nagy.
Nos condujo a cada uno por separado a un pequeño cuarto frío y húmedo; al parecer era un sótano. Ahí me quitó el pañuelo negro de los ojos. Miré en derredor mío. Parecía una prisión medieval o mejor una cripta abandonada. Una mesa pequeña, una silla, una vela prendida, una calavera e inscripciones en las paredes negras. Me quedé sólo, al oír que cerraban la puerta por fuera. Había papel y pluma preparado y yo tenía que responder por escrito a cinco preguntas. […]
Estaba confundido en todo mi ser, y quizás hasta conmovido, porque yo no vine aquí por interés, aunque tuve grandes metas lejanas, pero a éstas las quería alcanzar entregándome con sinceridad a la institución. Acá abajo, en la cripta, tuve la sensación de que estoy satisfaciendo un instinto humano de raíces profundas. Me consideré uno de aquellos que hacía milenios buscaban algo más que comer, dormir y vivir y se incorporaron entre los buscadores del misticismo. Estos creían encontrar las soluciones de los enigmas de la vida dentro de sociedades de ceremonias secretas y se sometieron a las liturgias de iniciación en Eleusis y Menfis, en Siracusa y en otros cien lugares. Y estos ritos secretos comenzaron siempre con meditaciones solitarias y fueron seguidos por símbolos de purificación. Resistieron todo tiempo, lugar, razas humanas y persecución, porque brotaron de las fibras más profundas del hombre.
Aquí en Cangallo, en el húmedo sótano, cumplo con una tradición milenaria, soy uno de una larga cadena humana interminable. La masonería no sucede legalmente a los iniciados de Pitágoras, sino que ambos despertaron a las vibraciones idénticas del alma y perseguidos por instintos idénticos se refugiaron bajo tierra para meditar. Fue la conexión en este eterno circuito humano que me conmovió. Sentí que acá también cumplía con una vocación. Mi conversión en la francmasonería, ahí entre los muros de la Cámara de Reflexiones, lo había concebido así. Quería ser un buen masón, del mismo modo como traté de ser buen jesuita.
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