Extracto del Prólogo a La República Democrática Federal Universal.
El ideal de la Democracia, con que habían soñado todos los pensadores, debió levantarse en un mundo nuevo, y se levantó en América. En aquel nuevo mundo, que surgió al morir la Edad media, entre las ondas, debían realizarse todas las reformas, que durante los tres largos siglos del renacimiento germinaron en Europa. Allí la conciencia perdió todas sus nubes, amaneciendo a eterno día; el pensamiento sacudió sus ligaduras, desplegando sus vistosas alas en el cielo de lo infinito, como la mariposa que rompe su capullo: la voluntad, antes abatida, desenvolvió todos los gérmenes de vida que encierra, depositados por la mano del Creador; la Asociación, esa fuerza maravillosa, que es a los espíritus lo que la atracción a los cuerpos, sojuzgó los mares y la naturaleza; y a tantas maravillas contestó entusiasmada con un grito de júbilo, la fatigada Europa.
¡Lástima grande que la esclavitud oscurezca la estrella de la libertad anglo-americana! Pero la comunidad de ideas entre los pueblos de la tierra, prueba que nos acercamos a los tiempos de armonía. Franklin, que había logrado avasallar el rayo, había llevado la electricidad revolucionaria del viejo mundo a la joven América. El Pueblo francés mandó a Washington las llaves de la Bastilla, como había mandado contra los reyes del continente sus legiones victoriosas, que dieron en tierra con aquellos tronos, burla del tiempo, y eclipsaron con la lumbre que reflejaban sus bayonetas, aquellas coronas del derecho divino, que los pueblos creían forjadas con un rayo de la aureola de Dios.
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