Extracto de las Memorias de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial.
Sucedíase una interminable conversación recargada de tópicos y cortesías, y al final el que actuaba de secretario redactaba un informe muy diplomático y bien matizado que se sometía luego a estudio de los tres Departamentos ministeriales interesados para tener la seguridad de que no hubiese discrepancias. Habíamos alcanzado, pues, las cimas serenas y maravillosas en que, para dar el máximo bienestar al mayor número posible de personas, todo se resuelve de la mejor manera gracias al sentido común de los más y después de escuchar la opinión general.
Pero en una guerra del volumen de la que íbamos a sufrir poco después, las circunstancias eran muy otras. Duele tener que decirlo; la fase activa del conflicto había de parecerse más bien a la pendencia de dos golfos arrabaleros en que uno de ellos diera al otro en mitad de la jeta con una cachiporra, un martillo o algo peor.
Deplorable es en verdad todo esto, y es además una de las muchas razones de peso para tratar de evitar la guerra y resolver todos los problemas por medio de negociaciones amistosas, con las consideraciones debidas a los derechos de las minorías y poniendo claramente de manifiesto los diferentes puntos de vista en litigio.

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