Jesús, Eterno Ideal de los Hombres, Emilio Castelar


Extracto del Prólogo a La República Democrática Federal Universal.

Seria el año de 1850. Entonces era yo un niño. Tenia diez y siete años. La revolución de 1848, aquel hermoso canto de libertad, que había despertado a tantos pueblos dormidos, que había sonreído a tantas almas apagadas, resonó en mi corazón de niño con tan deleitosísima armonía, que inclinado por educación y por sentimiento a ideas religiosas, sin haber conocido otro mundo que el horizonte que envolvía el delicioso valle donde corrió mi niñez, me apasioné de la Democracia, creyendo siempre ver en ella la realización del Evangelio.

La Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, ¿no son el reflejo de la trinidad divina en el alma? Buscar en la sociedad remedios a esas clases desheredadas, esclavas de la miseria y de la ignorancia, que pasan sus días encorvadas bajo la pesadumbre del dolor, sin conocer la fuente de ideas que guarda su alma, sin respirar las auras de la vida universal, flores que se agostan en el desierto, sin que caiga en su cáliz ni una gota de rocío, bastante a reflejar la inmensidad de los cielos, correr, pues, en pos del bien, para esas clases, ¿no es imitar a Jesús, eterno ideal de los hombres, que abandonó el trono de los espacios, el cetro de los mundos y descendió a la tierra a quebrar como frágiles cañas los cetros de los emperadores de Roma, y pulverizar las cadenas de los esclavos?

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